EN HONOR DE LA PALABRA
Agenor González Valencia
La palabra sin amarras, sin ataduras, es pájaro sin jaula. Vuela libre, del pensamiento a la conciencia de quienes tienen oídos para escucharla.
La palabra es comunicación activa, vibra, sacude, irrita a los poderosos, estimula a los débiles. Siembra luces para el porvenir. Es faro en la oscuridad.
Quienes tienen voz y son capaces de afrontarlo todo; de renunciar a todo por el deber de decir su verdad, sin miedo a la represalia, sin temor al odio de los soberbios, sin claudicaciones, son los auténticos héroes civiles.
Cuando se piensa con el estómago la palabra pierde su transparencia.
Cuando se es visceral, el razonamiento se pierde en la oscurana.
No es vergonzoso elogiar, cuando aquél a quien se elogia merece el reconocimiento público. De no ser así, humillamos a la palabra, obligándola a que se hinque.
Pagar por el elogio, es convertir en nota social la vanidad humeante del incensario.
Ofender, escudado en el anonimato o en la impunidad que emporca una distorsionada libertad de expresión, convertida en sombrero de mendigo o en atarjea de rencores, amargura o frustración, es desvirtuar los fines de la palabra.
El hombre se eleva en la creación, por el pensamiento. El pensamiento se hace palabra. Es el verbo y la crítica, es la rebelde pasión de quienes tienen los pies fijos en la tierra y la mirada acusando a los miserables.
El hombre tiene el deber de ser. No el de parecer.
Cuando la gratitud obliga al silencio, es jaula aprisionando la palabra.
No es digno pegar con la izquierda y cobrar con la derecha.
Tampoco lo es convertirse en censor, cuando la palabra que censura es caja de resonancia o desprecio público.
Y mucho menos lo es el convertirse en pebetero de quienes, elevados efímeramente por voluntades superiores a rangos inmerecidos, carente de mérito, que tarde o temprano se precipitarán al vacío, para ocupar en la nada el sitio que la nada les tiene reservado.
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